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En la calle de al lado no pasa nada

Mientras los activistas intentan colapsar Barcelona, los barceloneses siguen con su rutina a pesar de los sabotajes         
Voces Layetanas
José A. Ruiz 14/10/2019 267
Este artículo es de especial interés para la gente que no está hoy en Barcelona.
 
Se que ni este titular ni la foto que lo acompaña impulsará a mucha gente a leer la noticia con avidez, como sí lo haría si me pusiese a hablar de "apocalipsis", "tumultos" y "cargas policiales", con lo que probablemente os acabaría relatando algo parecido a lo que os están contando otros medios, seguramente mucho mejor y con mas detalle.  Pero a las alturas que estamos creo que es de responsabilidad hacer también este enfoque.
 
No pienso negar que el nacionalismo se está empleando a fondo.  Jóvenes desalojados de sus aulas con petardos y botes de humo, maestras acosadas por adolescentes imbuidos de autoridad por las arengas del régimen nacionalista.. puñetazos a una señora que (con muy poca inteligencia, todo sea dicho) "toreaba" a los independentistas con una bandera española (¿No se daba cuenta esa mujer que los instintos no se pueden contener y que cuando se cita a un toro, el toro embite?).  Cierto es también que las "sentadas" en la Renfe, las presuntamente ingeniosas maniobras para bloquear el aeropuerto del Prat (con compra masiva de billetes de avión que a buén seguro usted y yo hemos sufragado de algún modo), las cargas con las que son respondidas y los hoolligans callejeros que bloqueaban taxis y turismos para "paralizar la economía catalana" han llenado páginas y pantallas.  No voy a negar nada de eso.
 
Pero como suelo decir a los amigos que me llaman desde otras comunidades preguntando sinceramente (creo) si estoy bién: "Tranquilo, amigo.  Cada vez que enfocan una calle con disturbios es por que en la de al lado no pasa nada interesante".
 
Y esta aseveración es hoy mucho más cierta que hace dos años.  Recuerdo como vivimos en casa y en la oficina los días de la promulgación de las leyes totalitarias 6 y 7 de septiembre de 2017, el vértigo y el bochorno del vergonzoso 1 de octubre y su torpe respuesta por parte del gobierno y, finalmente, la incredulidad cuando el ahora "Muy Huido President" Puigdemont se debatía entre la llamada a la serenidad de su colega Iñigo Urkullu y el hooliganismo de Junqueras, Rufián y sus "155 monedas de plata".. y acababa por ceder a esto último.  En esos días hubo algo que no se está viendo esta semana.  Gente en las calles portando esteladas, lazos amarillos luciendo con orgullo en las solapas y ambiente prerevolucionario lleno de sonrisas ilusas, confiadas en que los políticos que les arengaban eran sinceros y que un futuro tangible estaba a la vuelta de la esquina.
 
Aunque muchos creais estar viendo eso en los informativos de hoy no debeis llamaros al engaño.  En las calles de Barcelona la gente deja pasar el día con hastío.  Los negocios abren, la gente (independentista o no) va a trabajar desprovista de símbolos y aguantando con resignación las restricciones y los escasos vandalismos.  El día a día pesa más que cualquier revolución simbólica y básicamente todo el mundo va a lo suyo deseando que la semana pase y el temporal amaine, mientras los hooligans del procés y los medios se persiguen unos a otros en zonas muy concretas de la geografía Barcelonesa sin notarse apenas nada en el resto, a la par que en muchos bares de la Cataluña rural decenas de payeses se reunen en bares en los que solo se sintoniza TV3 y se dan codazos pensando "aixó es imparable".
 
Esa y no otra es la auténtica realidad de la capital en su primer día de asedio.  Es previsible (y ojalá no me equivoque) que a lo largo de la semana esta presión se reducirá paulatinamente hasta llegar a un jueves casi en calma, para dispararse el viernes, cuando tendrá lugar la "huelga de país" auspiciada por el pseudosindicato del exterrorista Carles Sastre, que junto al empujón final de los CDR intentarán soltar la traca final y nos dejarán sin duda con alguna lamentable imagen que contradiga el carácter pacífico que aún algunos les atribuyen.  Y, en este caso, ojalá me equivoque.
 
En este preciso instante existen dos Barcelonas.  Una la representan un puñado de violentos a los que el gobierno de la Generalitat ha dado barra libre para causar disturbios y que logran colapsar las comunicaciones con la ayuda del gobierno nacionalista.  El resto son los ciudadanos, que intentan continuiar con su vida.
                   

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