Dos años del intento de golpe de Estado

El 6 y 7 de septiembre de 2017 se promulgaron las leyes totalitarias que iniciaron el intento de golpe de estado         
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José A. Ruiz 06/09/2019 731
El nacionalismo catalán dedica enormes esfuerzos a santificar la fecha del 1 de Octubre de 2017 como el día del desafío al estado, origen de la macrocausa del proceso secesionista y ejemplo visual de "represión sobre un movimiento pacífico".  Sin embargo, el intento de golpe de estado se ejecutó en tres tiempos: Primero mediante la promulgación de las leyes totalitarias los días 6 y 7 de septiembre de 2017, después mediante la mencionada y exaltada escenificación del 1 de Octubre del mismo año, y finalmente mediante la declaración unilateral de independencia del 10 de octubre de 2017.  Curiosamente esta última fecha no ha quedado mayoritariamente en el recuerdo de los nacionalistas catalanes, siendo sustituida por la épica visual del 1 de octubre, mientras que los constitucionalistas no olvidan el 6 y 7 de septiembre.  El 10 de octubre, día de la declaración unilateral de independencia, pese al miedo y la ilusión que experimentaros los catalanes de uno y otro bando, no fué más que una "tocata y fuga" cuyo desempeño causó más vergüenza que orgullo entre el nacionalismo.
 
Pero volvamos a la efeméride que nos ocupa y constatemos el por qué los días 6 y 7 se dió el golpe más fuerte de los tres que se propinaron contra la democracia.
 
En primer lugar, esos días se vulneraron los derechos de la oposición.  En unas sesiones caóticas y desesperadas, el nacionalismo retorció primero y se saltó después sus propias leyes para impedir la acción legítima de la oposición.  Muchos hablan de "pisotear el derecho de las minorías", pero eso no es completamente cierto.  Aquellos días la minoría parlamentaria representaba a la mayoría de votantes, es decir, al 53% de los catalanes, mientras que la mayoría parlamentaria que imponía su voluntad saltándose sus propias leyes solo representaba al 47% del "pueblo catalán".  Por tanto no se pisotearon los derechos de las minorías.  Se pisotearon los derechos de la mayoría de los ciudadanos de Cataluña.
 
En segundo lugar, se redactaron unas "leyes de desconexión" totalitarias.  Y esta no es una palabra que deba usarse a la ligera.  Tres puntos clave demuestran sin lugar a dudas el carácter totalitario de dichas leyes.
 
1. Se decaró una nueva legislación catalana "que no tendría por encima de sí ninguna otra ley".  Una legislación que no se sometería a ninguna otra.  Ni al Estatut de Cataluña, ni a la constitución Española, ni a las Resoluciones de la ONU, ni a la mismísima Carta de los Derechos Humanos.  No había ley, ni humana ni divina, que pudiese contradecir una coma de lo que se acordase en el parlamento catalán.  Hay que resaltar que este punto es casi un calco de la "ley habilitante" con la que cimentó su poder Hitler cuando pasó de ser un representante elegido democráticamente a un líder totalitario con poderes absolutos.

2. Se suprimió la separación de poderes.  No de forma tán evidente como en el punto anterior, pero con efectos indiscutibles.  Se establecieron los porcentajes de votación en la elección de los jueces entre los diferentes organismos de forma que la suma de los cuales concediese una cómoda mayoría absoluta permanente al president de la Generalitat.  En la práctica, si el golpe hubiese prosperado, Carles Puigdemont hubiese podido nombrar y destituir a los jueces catalanes a voluntad.

3. Los delitos de los afines al nuevo régimen se podían perdonar por ley.  Para ello se contemplaba una ley con la que se podía indultar a cualquier nacionalista alegando "servicios al país".  Sin más requisitos.

En serio, podríamos desarrollar estos puntos y otros muchos mas, como que el nuevo régimen nacionalista pretendía ilegalizar los partidos que cuestionasen la nueva constitución o quisieran promover la división de Cataluña (una ley que existe en la constitución alemana y que si existiese en la española significaría la ilegalización inmediata de los partidos nacionalistas) pero con lo descrito aquí basta y sobra para entender por qué estos días, que el nacionalismo ahora se esfuerza en olvidar, son los que constituyen, más allá de toda duda, un peligroso golpe a las mismas bases de la democracia.
                   

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