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Trump y el Independentismo - Semejanzas y diferencias

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Confrontamos dos fenómenos tan diferentes como el Trumpismo y el desafío nacionalista catalán         
Voces Layetanas
José A. Ruiz 09/01/2021 141
Son escenarios muy diferentes, pero con resonancias en la forma y en el fondo.  Lejos de un análisis exhaustivo, pero intentando mantener una cierta equidad, vamos a confrontar las características más llamativas de ambos fenómenos.
 
Acceso al poder: Similar.
 
Trump accedió por mayoría parlamentaria, pero no en votos.  Lo mismo puede decirse del nacionalismo. En ambos casos una ley electoral anómala permite que una fuerza que no suma votos suficientes logre mayoría absoluta en el parlamento.
 
Política lingüística: Puntos en común.
 
Estados Unidos es un país de habla inglesa en el que la lengua española es la segunda lengua más hablada (un 15%) tras el inglés (79%) y a mucha distancia de la tercera lengua, el chino (1%).  Por tanto el español ya estaba presente en las calles americanas así como en las webs del gobierno de los Estados Unidos, hasta que la llegada al poder de Trump trajo consigo la eliminación del mismo para considerar el inglés como "lengua única".  En Cataluña el independentismo también discrimina el español de igual manera, queriendo imponer al Catalán como "llengua única", salvo que en este caso se trata de la lengua mayoritaria (51%) y una de las dos lenguas oficiales junto al catalán (36%).
 
Política de fronteras: Puntos en común.
 
Trump quiso construir un muro que le separase de los "indeseables" que, según él, los países del sur "le enviaban", y se lo haría pagar a ellos.  El nacionalismo Catalán también quiere levantar fronteras (aunque no habla de muros físicos) que le separen de aquellos a los que Franco "enviaba en trenes para diluirles" y a quienes Quim Torra calificó de "Bestias con forma humana".  Exactamente el mismo argumento que el Partido Nacionalista Alemán (NSDAP) usaba con los judíos.
 
Supremacismo y racismo: Diferente.
 
Trump ha amparado, disculpado e incluso apoyado movimientos y manifestaciones del supremacismo blanco, ha erigido un muro entre él y la inmigración de Sudamérica y Centroamérica y ha cambiado leyes para expulsar a los inmigrantes ilegales, sin contar su criminalización del movimiento Black Lives Matter que protesta contra la violencia policial contra afroamericanos.  El nacionalismo catalán, por otra parte, utiliza un supremacismo muy selectivo.  Los españoles no son bienvenidos.  ("Expulsemos al invasor" decía Puigdemont, y Nuria de Gispert, postulada a la Cruz de Sant Jordi, le decía a Inés Arrimadas que "se volviera a Cádiz").  Sin embargo, el nacionalismo realizó manifestaciones a favor de "acoger" inmigrantes solo para atacar la presunta "insolidaridad" del gobierno de Rajoy.  Claro que el nacionalismo siempre ha preferido inmigrantes senegaleses o marroquíes (que no hablan español), para así usar el catalán como "lengua de acogida", mientras que los inmigrantes sudamericanos e hispanohablantes no son bienvenidos porque cuesta más convencerles de que renuncien a una lengua que aquí habla la mayoría pese a que el nacionalismo la considere "la llengua de l'enemic".
 
Proteccionismo: Similar
 
Tanto Trump como el Independentismo utilizan el argumento de "los nuestros primero" para cerrar las fronteras comerciales y restringir las operaciones al mercado interno.  En el caso de un mercado tan vasto como el estadounidense, que además es energética y tecnológicamente autosuficiente, ese aislacionismo puede ser rentable a corto plazo, aunque a largo plazo pueda limitar la expansión.  En el caso catalán, con un mercado muchísimo menor y mayoritariamente dependiente de España, el aislacionismo es un desastre, como han demostrado las fugas empresariales, bancarias y de talento.  Evidentemente el independentismo desprecia esta última fuga, puesto que el talento que prefiera otro lugar de España para ellos "no es talento".
 
Talante democrático: Igual en el fondo, diferente en las formas.
 
Desde sus inicios, Trump ha despreciado los límites de la democracia.  A las pocas horas de convertirse en presidente ya utilizaba las instituciones para promocionar sus negocios y los de su hija, que pasaba a ser miembro no oficial de su gobierno.  A ello siguió una purga de cualquiera que le cuestionase o que tratase de indagar en sus presuntos vínculos con el poder de Rusia, y acto seguido inició una campaña contra el cuarto poder: la prensa.  Para Trump todos los periodistas eran enemigos y todas las noticias fake news, mientras que la democracia era él, que se dedicó a desviar todas las culpas a numerosas conspiraciones globales (sin entrar en que puedan ser reales o no).  Su gobierno se desarrolló en torno a un presidente autoaislado de sus propios asesores, gobernando cual pequeño emperador, a golpe de capricho, habitualmente pasando por encima de su propio gobierno y golpe de Tweet, diciendo lo primero que le viniera a la cabeza sin consultarlo, desde negar el cambio climático o despreciar la actual pandemia hasta plantear a la gente que se inyectase desinfectante en los pulmones.  En el caso del Independentismo las formas democráticas fueron impecables en sus inicios, aunque el fondo siempre ha sido totalitario, pero una campaña de imagen muy trabajada que enfatizaba constantemente conceptos positivos como "Democracia", "libertad", "derechos humanos", etc. ayudaron a disfrazar el fascismo subyacente.  Tras esa imagen de positivismo el independentismo se ha valido de prevaricación, robo de datos, espionaje, acoso a discrepantes, vulneración indisimulada de cualquier ley que no le beneficie y, finalmente, un intento de golpe de estado.  Respecto a la prensa, en lugar de desacreditarla ha optado por comprarla con subvenciones para asegurarse su afinidad, mientras se victimizan, alertan de conspiraciones y tildan de "fascista" a cualquier discrepante.  Tanto Trump como el Independentismo dejan de lado la democracia cuando se convierte en obstáculo para sus fines, pero el independentismo lo disimula mucho mejor.  Son muchos años de experiencia.
 
Descrédito preventivo del proceso electoral: Semejante.
 
En la campaña que llevó a Trump a la Casa Blanca ya advirtió que "solo acataría el resultado electoral si ganaba él, porque si no sería fraude", pero como ganó (aunque no en votos), pues dejó en el aire tal acusación.  En esta última campaña (que esta vez perdió en votos Y escaños) volvió a poner en duda el sistema electoral de su país con otro presunto fraude que se llevaría a cabo en el voto por correo, aunque sin poder aportar ninguna prueba del mismo.  En el caso del Independentismo la ANC, tras ver unas encuestas que ponen en duda su frágil y artificial mayoría parlamentaria, está siguiendo punto por punto la estrategia Trumpista de afirmar que si el nacionalismo pierde las próximas elecciones se deberá a un fraude masivo en el voto por correo llevado a cabo por los "españolistas", aunque tampoco puede aportar indicios ni pruebas que sustenten tal afirmación.
 
Proclamas: Las mismas.
 
Las frases usadas por líderes y seguidores han sido prácticamente las mismas.  "Ni un paso atrás" fué el grito de ánimo compartido por ambos movimientos. Cuando Trump "calentaba" a los suyos preparando el escenario para un resultado desfavorable decía "¡Nos van a robar el voto por correo!", algo que la ANC está repitiendo palabra por palabra. Cuando todos sus recursos habían sido tumbados por la justicia y muchos compañeros de su propio partido retiraban su apoyo, el ego del mandatario pudo más que las previsibles consecuencias y alentó una confrontación.  Algo muy similar pasó con el independentismo tras las elecciones "plebiscitarias" de Artur Mas que se saldaron con un 47% de apoyo que el independentismo no aceptó, convocando su propio referéndum, no apoyado por ningún país y rechazado por la comisión de Venecia y el Tribunal de Estrasburgo.  Pese a que la cúpula de los mossos ya había advertido a Puigdemont de que el enfrentamiento podía tener consecuencias trágicas, el "Ni un paso atrás" de Junqueras y Puigdemont provocó decenas de heridos (más de 900 según el nacionalismo, pese a que solo hubo 5 ingresos).  Tras aquel lamentable episodio, unas nuevas elecciones, legales, democráticas y reconocidas por todos (incluso la CUP se presentó), ratificaron el insuficiente apoyo del 47%.  Pese a todo, los independentistas siguen afirmando "votamos y ganamos", que es lo mismo que afirma Trump contra toda evidencia.  Pero ambos movimientos comparten muchas más consignas.  Cuando Trump veía ya perdida la reelección proclamaba a los cuatro vientos "¡Apretad, apretad!" gritaba Torra de forma análoga al "¡Teneis que ser fuertes!" de Trump.  "¡Las calles son nuestras!" coreaban los seguidores trumpistas en tanto que "¡Las calles serán siempre nuestras!" era la soflama de los seguidores independentistas.  Por supuesto, cuando las cosas se les fueron de las manos, Donald Trump intentó serenar a sus fieles con el reclamo "¡Somos gente de orden!" con lo que muchos de ellos continuaron el asalto alzando las manos en gesto de no violencia, pero avanzando igualmente, al igual que algunos independentistas empujaban a los agentes el 1 de octubre al mismo tiempo que alzaban las manos gritando "¡Somos gente de paz!".  Ahora, incluso tras el desastre que ha sido el fállido asalto al Capitolio, los seguidores de Trump esperan su inminente aparición junto al muro de Texas coreando la frase de Trump "¡Lo volveremos a hacer!" que parece prestada del mismo lema que los independentistas tomaron de Jordi Cuixart (impulsor del asedio en Vía Layetana), con el que desafiaba a los jueces. Si nos fijamos en la simbología incluso el marco de madera portátil con la soga para "ahorcar a los traidores" que portaban los adeptos a Trump era enormemente similar al marco de madera portátil con la Guillotina que trajeron los independentistas al 11-S de hace dos años.
 
Marchas sobre la capital: Semejante.
 
Las marchas multitudinarias hacia la capital son una poderosa escenificación del pueblo que se rebela para hacerse con el poder, y deja excelentes fotografías.  Así lo entendió el fascista Mussolini con su marcha hacia Roma, y lo mismo hizo Torra con su marcha hacia Barcelona (que acabó con los disturbios del otoño negro de 2018), y así también lo ha entendido Trump con su marcha hacia el capitolio que se ha saldado con graves disturbios, numerosos heridos y cuatro fallecidos.
 
La culpa es de los "infiltrados": Semejante.
 
Tanto en Washington como en Barcelona los disturbios pusieron patas arriba la ciudad y causaron numerosos heridos.  En Washington se contabilizaron cuatro muertos.  En Barcelona hubo solo uno, un ciudadano francés que sufrió un paro cardiaco durante el asedio al aeropuerto, mientras el agente alcanzado en la cabeza por un proyectil de acero logró sobrevivir.  En ambos casos la tesis de los instigadores es que los actos vandálicos fueron llevados a cabo por "infiltrados" del bando contrario que les hacían quedar mal.  En ambos casos las pruebas abrumadoras echaron por tierra tales afirmaciones porque los propios protagonistas se grabaron en vídeos, se hicieron "selfies", hicieron declaraciones en directo y, en definitiva, fueron perfectamente identificados, con lo que no hay lugar a dudas.
 
Como veréis, estos puntos no son un análisis ni profundo ni exhaustivo.  Mi percepción cuando empecé a documentarme era que encontraría alguna diferencia más, pero realmente casi todo han sido similitudes.  Evidentemente muchos argumentos han quedado fuera y otros pueden dar lugar a debate, pero creo que es evidente la correlación.  Por supuesto en nuestro país hay muchos intereses políticos distintos, y tanto en el eje izquierda-derecha como en el nacionalista-constitucionalista cada cual quiere arrimar el ascua a su sartén.  Algunos (pocos) defienden el trumpismo, mientras que la mayoría lo condena, y entre ellos ciertos sectores de la derecha se animan a equiparar la marcha sobre el Capitolio con las protestas del 15-M, mientras que ciertos sectores de la izquierda hacen malabarismos para encontrarle parecido a las protestas de la derecha o de los sindicatos policiales contra el gobierno de Sánchez, como si cualquiera de esas protestas fuese equiparable al asalto de una institución democrática para cambiar un régimen de gobierno, que es lo que ha intentado el trumpismo.. y en su momento, también el independentismo.
 
Hemos de recordar que el hecho grave no es ningún ataque de la derecha ni de la izquierda, sino el de la mentira contra la verdad, el de los agitadores contra el sentido común, el del totalitarismo que pretende ser democrático sobre la auténtica democracia.
 
                   

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